martes, 17 de octubre de 2017

“Shakespeare and Company”

                        

Ruben Loza Aguerrebere en
“Shakespeare and Company”

     
       "Shakespeare and Company", un templo literario, está en el 37 de la rue de la Bucherie.
       Cabe recordar que, a la librería con este nombre, la fundó Silvia Beach en 1919. Fue su ángel tutelar. En su tiempo, los libros para la sección de préstamos, los recibía de las surtidas tiendas de libros ingleses de segunda mano de París.  Y otros volúmenes llegaban desde los Estados Unidos y, también, en baúles de textos de poesía, desde Londres. Cada socio de "Shakespeare and Company" tenía, en aquellos tiempos, su carnet, y podía elegir uno o dos libros y llevarlos durante quince días. Uno de los primeros abonados fue André Gide. Luego llegaron los famosos integrantes de la llamada (por Gertrude Stein) "generación perdida", con Hemingway y Scott Fiztgerald a la cabeza.
            Un capítulo especial merece James Joyce, un dios en esta librería. Su novela "Ulises" fue editada, mediante suscripción, por "Shakespeare and Company". Allí se hizo la primera lectura el 7 de diciembre de 1921.
            "Shakespeare and Company", con sus miles de libros antiguos, sus fotografías colgadas a las paredes, sus mesas interiores en el piso desparejo y las de ofertas en vereda, sigue ofreciendo hoy un mundo infinito de la mano de David Delanet.
            En una reciente recorrida por la caótica y deliciosa librería cargada de historia, donde el cliente es atendido en inglés (seguramente en homenaje a la antigua fundadora Silvia Beach), salvo que prefiera hablar en francés, se advierte que las últimas novedades no están. No se trata de eso. Sí se podemos hallar las más inesperadas ediciones de libros, incluso aquellos que ciertamente no buscábamos en ese momento. Los libros allí comprados llevarán, todos, estampado el sello de la librería. 
             Sí, un mundo de maravillas.

domingo, 8 de octubre de 2017

Preguntas a Adolfo Bioy Casares


Este artículo se publicó en la revista española Las dos Castillas.net y quien desee leerlo puede hacerlo haciendo clic aquí.


Conocí a Adolfo Bioy Casares y conversamos en varias oportunidades. En su Buenos aires y en mi Montevideo. Una vez le hicieron un homenaje, por el Premio Cervantes, y viajó a Montevideo, y en el almuerzo me sentaron junto a él. Recuerdo que se quitó un sweter porque los demás estaban muy elegantes y como no sabía qué hacer con él, me lo dio. Lo dejé en el respaldo de mi silla. Al despedirse, tras ese almuerzo y unos discursos, se marchó. De pronto vi el sweter y lo llamé y se lo alcancé. Tiempo después, con este detalle, y Bioy de protagonista secundario, escribí un cuento que no leyó.
Pero, hablando de la escritura y sus secretos en literatura, transcribo algunas de mis preguntas y sus respuestas.
Le pregunté cómo se debía escribir y me contestó:
--Me parece que se debe escribir con palabras sencillas, que el lector no diga qué inteligente que es este autor, qué culto. No, eso no. Lo bueno es que lea el libro sin notarlo, que lo haga naturalmente y que entienda lo que uno dijo y nada más.
--¿Y qué es un escritor?
--Un escritor es una especie de remendón que hace todo el trabajo. Haciéndolo mal, primero, y matándose para hacer bien, después. Corrigiendo, leyendo buenos autores, tratando de no leer malos libros nunca. Y así se hace un escritor.
--¿Cómo influye un buen libro?
--Cuando usted lee un libro bueno va a sentir que puede escribir como él. Y cuando lee un libro malísimo va a sentir que puede escribir como él, pero eso va a pasar enseguida. Pero si uno no sabe cuando un libro es malo, no puede escribir. Uno se va dando cuenta paso a paso: si un individuo está diciendo idioteces, descuente que el libro es malo. Si lo que está diciendo está bien y parece razonable, bueno, entonces está un poco mejor.
Le pregunté por sus cuentos fantásticos.
--Naturalmente que el “yo” de mis cuentos no soy yo; y las ideas fantásticas no son mi vida. No sé por qué se me ocurren siempre cuentos fantásticos, aunque no crea que me gusta más la literatura fantástica que la otra...
--¿Y una vez que los escribió?
--Bueno, yo no estoy interesado en ellos porque han salido de mi esquema. Pero me gustaría sentirlos más ajenos aún, porque al corregir las pruebas, por ejemplo, veo todas mis manías, todas mis costumbres, y yo creo que estoy escribiendo una cosa nueva y veo que la había escrito ahí...  Eso de genio y figura hasta la sepultura, es la pura verdad.

domingo, 1 de octubre de 2017




Una caminata por París

  
Rubén Loza Aguerrebere en las escaleras de la iglesia de 
Saint-Étienne-du-Mont, esperando el auto del film “Medianoche en París”

Este artículo se ha publicado en la revista española
LasdosCastillas.net y quien desee visitarlo allí
 podrá hacerlo haciendo clic aquí.

             Baudelaire pensaba que el “flâneur”, además de buscar el placer de lo nuevo, captaba el momento que pasa, característico de la vida moderna.

            Acabo de llegar de París una vez más. Subir una mañana la cuesta de la rue Cardinale Lemoine hacia la Place de Contrescarpe, es un paseo placentero. Allí está la primera casa que habitó Hemingway en París, en el 74 de esa estrecha calle.

            Antes de llegar aquí, en el 71 de Cardinal Lemoine, encontramos el departamento que en 1921 habitó James Joyce. Se lo había prestado Valery Larbaud y Joyce terminó de escribir el “Ulises”, iniciado en 1913. 
            Y mis pies inquietos no se detienen hasta llegar a “Shakespeare and Company”, templo literario ubicado en el 37 de la rue de la Bûcherie, que regentea mi amigo David Delanet, rebosante de los textos antiguos más diversos en sus mesas rodeadas de incontables fotografías y sus ofertas ocupando la vereda.
            Luego de este paseo uno puede descansar un rato leyendo al sol los cafés de la orilla izquierda, en St. Germain y Montparnasse, a los que Sartre y Simone de Beauvoir concurrían habitualmente.
            Tras estas caminatas, que hago habitualmente, agrego a veces, y por cierto muy divertido, las que realizaba el protagonista de la película de Woody Allen “Medianoche en París”, un escritor llamado Gil e interpretado por el actor Owen Wilson. Y como él, he visitado el restaurante Mon. Paul, frente a place Deauville, y me he sentado a la espera de aquel auto casi mágico que lo llevaba hacia el pasado, a los días que en esa ciudad vivían Hemingway y Scott Fitzgerald y Gertrude Stein y demás miembros de la “generación perdida”.
            Pero, sentado en las escaleras de la iglesia de Saint-Étienne-du-Mont, donde ese escritor de aquella película aguardaba el coche que venía subiendo a su derecha por la rue de Sainte Genevieve, he esperado en vano pues nunca ha pasado por mí. Y, entusiasmado por la ciudad, sigo mi camino por otras calles que viven en mi corazón desde siempre, y a las que he intentado recrear en algunos de mi libros como “Morir en Sicilia” (Ediciones Bassarai) y en mis novelas “Muerte en el Café Gijón” (Ediciones de la Plaza en Montevideo y Funambulista en Madrid) y la reciente “El secreto de Amparo” (Ediciones de la Plaza).
            Y sigo recorriendo este mundo, soñando con los ojos abiertos y con una mochila por corazón, como decía Camilo José Cela.

lunes, 28 de agosto de 2017

En Venecia con la “musa” de Hemingway
        


En la revista literaria http://lasdoscastillas.net/ de Barcelona he publicado esta semana este artículo sobre un cuento de mi libro “La tarde queda” (Ediciones de la Plaza, Montevideo). Quien desee visitarlo allí podrá hacerlo haciendo clic aquí

     Es una novela que me ha gustado mucho “Al otro lado del río y entre los árboles”, ambientada en Venecia, penúltimo libro publicado por Ernest Hemingway en vida. García Marquez lo consideraba la mejor novela de Hemingway. La más llena de vida.
            En el centro de esta novela está la baronesa Adriana Ivancich, quien tenía 19 años cuando el escritor (casado cuatro veces) la conoció en Venecia  y, poco después, la convirtió en la heroína de su libro.
            Pues bien, los aquí mencionados, tienen una relación más o menos cercana, más o menos distante, con un relato mío, llamado “Un amor otoñal”, que figura en mi libro “La tarde queda”, que fue prologado por Carlos Alberto Montaner.
             Veamos. El escritor colombiano Plinio Apuleyo Mendozame dijo que la citada novela de Hemingway  tenía un personaje entrañable, que era el de la jovencita aristocrática llamada Renata, vivo  retrato de la baronesa Adriana Ivancich.
            Prosigo. Utilizando las técnicas literarias del cuento, integré la entrevista que le realicé en Venecia a la baronesa Adriana Iavancich, a  mi  cuento “Un amor otoñal”, en mi libro de relatos “La tarde queda” (Ediciones de la Plaza, Montevideo, 2012).
             En este relato introduje, además, como uno de los protagonistas esenciales, al académico francés Jean d’Ormesson (autor de libros tan celebrados como “Por capricho de Dios” y  “El judío errante”), un visitante muy habitual de Venecia, quien guía al narrador de mi cuento hasta Adriana Ivancich.
            Una vez editado, le envié mi libro a Jean d’Ormesson, admirado maestro,  quien, generoso como siempre, me respondió enviándome una  carta donde dice estas palabras:
             “Figúrese: yo estaba en Venecia por diez días. A mi regreso a París me encuentro con “Un amor otoñal”. ¡Gracias! Yo estoy encantado de reencontrarme con Hemingway allí. Yo le conocí bien y mucho. Así, gracias a usted, tengo un buen compañero. Por ello, como siempre, mi gratitud y  mi amistad: Jean d’Ormesson”.
                La joven baronesa hemingwaiana nos sedujo a todos. 

martes, 22 de agosto de 2017

Un diálogo con Antonio Skármeta


Este diálogo acaba de publicarse esta semana en la revista Lasdoscastillas.net en Barcelona, y quien quiera visitarlo allí podrá hacerlo haciendo clic aquí.
            Antonio Skármeta, dueño de una vasta y notable obra literaria, ha sido galardonado con el Premio Nacional de Literatura de Chile, premios de UNESCO, el Medici y el Planeta. Nacido en Antofagasta, en 1940, egresado del Instituto Nacional, fue profesor en Europa y Estados Unidos.                                           
             Su famosa novela “El cartero de Neruda”, traducida a los más diversos idiomas, dio lugar a una laureada película italiana, “Il postino”. Y tiene, esta obra, una versión teatral además. Tuve el placer de verla en Nueva York.
Para señalar apenas otros dos libros suyos, sobresalientes, baste citar la novela “Un padre de película” y su reciente colección de relatos “Libertad de movimiento”.                                                                                                                           
           Cordial y sumamente generoso, he tenido el placer de dialogar en diversas oportunidades con mi admirado escritor amigo. Siguen, hoy, tres preguntas.
-¿Cómo nace, crece y germina una obra en tu imaginación? Cuéntanos algo de tu método de trabajo.
-Cuando escribo sigo más o menos el mismo procedimiento. Cuando era joven tenía otro tipo de trabajo. Ahora, normalmente, cuando escribo, hago una primera versión a la que llamo “magma”. Ella es una escritura informe, emocional, llena de imágenes, donde voy buscando lo que quiero escribir. Tengo ciertas emociones, ciertos recuerdos, ciertos anhelos sobre los que discurro pero sin afinarlos, porque no quiero que nada intelectual intervenga en la primera etapa. Es una etapa de expresión emocional muy libre. Y allí, en ese magma, en esa materia, van surgiendo luego los núcleos de interés: una situación, un diálogo, un personaje, una frase. Y de pronto, cuando termino de escribirlo, entre esas muchísimas páginas, sé que tengo una novela. Y luego comienzo una escritura literaria, tratando de que todo aquello que fue confusión y búsqueda, tenga tersura y llegue al lector de una manera transparente; y procuro que tenga ritmo, que tenga gracia, y que emocione y entretenga. Ese es mi método.
-¿Escribes en la computadora?
-Escribo todo en la computadora. Muchos recomiendan que hay que tener una versión a mano, para después vendérsela a una biblioteca en Estados Unidos. (Sonríe) Donoso hacía eso…

-¿La literatura nos ayuda a vivir mejor?
-Muchísimo. Porque los lectores son siempre personas más sensibles, más amplias de criterio, más democráticas en su relación con los otros; y son más inspirados, tienen un verbo más cautivador y difícilmente aceptan la rutina de la vida. Por ello, están buscando aventuras de tipo espiritual o aventuras terrenas, y la literatura es tanto un modo de conocimiento de la realidad como una manera de crearse una vida. No aceptar la vida, sino inventársela.

martes, 8 de agosto de 2017

Detalles del entierro de Pío Baroja
Este artículo acaba de publicarse, esta semana,
en la revista cultural Lasdoscastillas.net
de Barcelona,  a la que pueden visitar si lo
desean, haciendo click aquí

Conozco la historia de primera mano: me la refirió,  cenando en Madrid junto con el escritor Raúl Guerra Garrido, quien fuera uno de sus principales protagonistas, es decir, el maestro Javier Bello Portu, destacado director de orquesta y compositor, nacido en Guipuzcoa, en el País Vasco. Vivió casi toda su vida en París, donde murió.
  Cabe recordar que, en 1991, viajó al Uruguay y dirigió un concierto especia,l al frente de la OSSODRE.
La historia es conmovedora: cuando Hemingway  visitó a don Pío Baroja en su lecho de enfermo, le obsequió una de sus novelas, escribiendo en ella que era Baroja, y no él, quien merecía el Nobel que acababan de concederle.
El maestro Bello Portu contó cómo había transcurrido el triste día de la muerte de Pío Baroja, y luego dio los detalles de su entierro. Supe que habían asistido muy pocas personas; me dijo que tenía una foto de aquellos momentos, cuando le dieron sepultura: “Los puedo identificar uno por uno”.
          Le pregunté sobre la presencia de Hemingway en el velatorio, de la que conocía detalles gracias al notorio libro de José Luis Castillo Puche y, en efecto, me la confirmó: “Fui yo quien invitó a Hemingway a cargar al ataúd de Baroja para poder sacarlo a la calle”, me dijo Bello Portu. “Me contestó que era demasiado honor. Que lo cargaran sus amigos”.
 Cuando, al fin, decidimos sacar el cajón,  vimos que la tarea no era nada sencilla. La escalera era demasiado estrecha. Se necesitaban más manos,  más astucia y fuerza. Y agregó el maestro Bello Portu: “Nos disponíamos a llevar el cajón a pulso, cuando Camilo Cela me pidió que le hablara de nuevo a Hemingway. Y  me dirigí hacia él. Estaba en un rincón, acongojado. Lloraba detrás de sus pequeños anteojos de aro redondo”. Entonces,  me detuve  frente a él y le dije: “¿Vamos?”. Hemingway me contestó, sacándose los lentes: “¡Si siguen dando la lata, cojo el cajón y lo saco yo solo!”.
             Javier Bello Portu me dijo también: “Debido a esas idas y venidas, perdí mi lugar, y no pude cargar el ataúd de mi amigo en su  último viaje”. 

domingo, 30 de julio de 2017





Vargas Llosa sobre Borges  y Onetti



            En su libro “El viaje a la ficción” (Alfaguara), Mario Vargas Llosa escribe sobre un profundo y revelador análisis sobre la espléndida obra de Juan Carlos Onetti. Sobre el destacado escritor uruguayo, había dando un curso en una universidad de Estados Unidos.
            También habla, entre variados temas, de la rivalidad entre Onetti  y Borges.
            Para tratar este tema, Mario Vargas Llosa me hace el honor de citarme en sus páginas, donde reproduce una parte de una de mis entrevistas a Borges, publicada en “”El País” de Montevideo el 10 de mayo de 1981, y de ella que transcribe las palabras de Borges relacionadas con su posición, respecto a Onetti, cuando fue jurado del Premio Cervantes en Madrid.
 Escribe Mario Vargas Llosa en su mencionado libro:
“En 1981 Borges fue jurado del premio Cervantes,  en España, y en la votación final entre Octavio Paz y Juan Carlos Onetti, votó por el mexicano. Entrevistado por Rubén Loza Aguerrebere, explicó así su decisión: "Bueno, el hecho de que no me interesaba. Una novela o un cuento se escriben para el agrado, si no, no se escriben. Ahora, a mí me parece que la defensa que hizo, de él, Gerardo Diego, era un poco absurda. Dijo que Onetti era un hombre que había hecho experimentos con la lengua castellana. Y yo no creo que los haya hecho. Lo que pasa es que Gerardo Diego cree que Góngora agota el ideal en literatura, y entonces supone que toda obra literaria tiene que tener su valor y tiene que ser importante léxicamente, lo cual es absurdo. Ahora, si Gerardo Diego cree que lo importante es escribir con un lenguaje admirable, eso tampoco se da en Onetti.".
            Y agrega:
      “Mi pálpito es que Borges nunca leyó a Onetti y probablemente la sola idea que guardaba de él tenía que ver con aquel frustrado en una cervería porteña y las provocaciones anti/jamesianas del escritor uruguayo”.