martes, 17 de octubre de 2017

“Shakespeare and Company”

                        

Ruben Loza Aguerrebere en
“Shakespeare and Company”

     
       "Shakespeare and Company", un templo literario, está en el 37 de la rue de la Bucherie.
       Cabe recordar que, a la librería con este nombre, la fundó Silvia Beach en 1919. Fue su ángel tutelar. En su tiempo, los libros para la sección de préstamos, los recibía de las surtidas tiendas de libros ingleses de segunda mano de París.  Y otros volúmenes llegaban desde los Estados Unidos y, también, en baúles de textos de poesía, desde Londres. Cada socio de "Shakespeare and Company" tenía, en aquellos tiempos, su carnet, y podía elegir uno o dos libros y llevarlos durante quince días. Uno de los primeros abonados fue André Gide. Luego llegaron los famosos integrantes de la llamada (por Gertrude Stein) "generación perdida", con Hemingway y Scott Fiztgerald a la cabeza.
            Un capítulo especial merece James Joyce, un dios en esta librería. Su novela "Ulises" fue editada, mediante suscripción, por "Shakespeare and Company". Allí se hizo la primera lectura el 7 de diciembre de 1921.
            "Shakespeare and Company", con sus miles de libros antiguos, sus fotografías colgadas a las paredes, sus mesas interiores en el piso desparejo y las de ofertas en vereda, sigue ofreciendo hoy un mundo infinito de la mano de David Delanet.
            En una reciente recorrida por la caótica y deliciosa librería cargada de historia, donde el cliente es atendido en inglés (seguramente en homenaje a la antigua fundadora Silvia Beach), salvo que prefiera hablar en francés, se advierte que las últimas novedades no están. No se trata de eso. Sí se podemos hallar las más inesperadas ediciones de libros, incluso aquellos que ciertamente no buscábamos en ese momento. Los libros allí comprados llevarán, todos, estampado el sello de la librería. 
             Sí, un mundo de maravillas.

domingo, 8 de octubre de 2017

Preguntas a Adolfo Bioy Casares


Este artículo se publicó en la revista española Las dos Castillas.net y quien desee leerlo puede hacerlo haciendo clic aquí.


Conocí a Adolfo Bioy Casares y conversamos en varias oportunidades. En su Buenos aires y en mi Montevideo. Una vez le hicieron un homenaje, por el Premio Cervantes, y viajó a Montevideo, y en el almuerzo me sentaron junto a él. Recuerdo que se quitó un sweter porque los demás estaban muy elegantes y como no sabía qué hacer con él, me lo dio. Lo dejé en el respaldo de mi silla. Al despedirse, tras ese almuerzo y unos discursos, se marchó. De pronto vi el sweter y lo llamé y se lo alcancé. Tiempo después, con este detalle, y Bioy de protagonista secundario, escribí un cuento que no leyó.
Pero, hablando de la escritura y sus secretos en literatura, transcribo algunas de mis preguntas y sus respuestas.
Le pregunté cómo se debía escribir y me contestó:
--Me parece que se debe escribir con palabras sencillas, que el lector no diga qué inteligente que es este autor, qué culto. No, eso no. Lo bueno es que lea el libro sin notarlo, que lo haga naturalmente y que entienda lo que uno dijo y nada más.
--¿Y qué es un escritor?
--Un escritor es una especie de remendón que hace todo el trabajo. Haciéndolo mal, primero, y matándose para hacer bien, después. Corrigiendo, leyendo buenos autores, tratando de no leer malos libros nunca. Y así se hace un escritor.
--¿Cómo influye un buen libro?
--Cuando usted lee un libro bueno va a sentir que puede escribir como él. Y cuando lee un libro malísimo va a sentir que puede escribir como él, pero eso va a pasar enseguida. Pero si uno no sabe cuando un libro es malo, no puede escribir. Uno se va dando cuenta paso a paso: si un individuo está diciendo idioteces, descuente que el libro es malo. Si lo que está diciendo está bien y parece razonable, bueno, entonces está un poco mejor.
Le pregunté por sus cuentos fantásticos.
--Naturalmente que el “yo” de mis cuentos no soy yo; y las ideas fantásticas no son mi vida. No sé por qué se me ocurren siempre cuentos fantásticos, aunque no crea que me gusta más la literatura fantástica que la otra...
--¿Y una vez que los escribió?
--Bueno, yo no estoy interesado en ellos porque han salido de mi esquema. Pero me gustaría sentirlos más ajenos aún, porque al corregir las pruebas, por ejemplo, veo todas mis manías, todas mis costumbres, y yo creo que estoy escribiendo una cosa nueva y veo que la había escrito ahí...  Eso de genio y figura hasta la sepultura, es la pura verdad.

domingo, 1 de octubre de 2017




Una caminata por París

  
Rubén Loza Aguerrebere en las escaleras de la iglesia de 
Saint-Étienne-du-Mont, esperando el auto del film “Medianoche en París”

Este artículo se ha publicado en la revista española
LasdosCastillas.net y quien desee visitarlo allí
 podrá hacerlo haciendo clic aquí.

             Baudelaire pensaba que el “flâneur”, además de buscar el placer de lo nuevo, captaba el momento que pasa, característico de la vida moderna.

            Acabo de llegar de París una vez más. Subir una mañana la cuesta de la rue Cardinale Lemoine hacia la Place de Contrescarpe, es un paseo placentero. Allí está la primera casa que habitó Hemingway en París, en el 74 de esa estrecha calle.

            Antes de llegar aquí, en el 71 de Cardinal Lemoine, encontramos el departamento que en 1921 habitó James Joyce. Se lo había prestado Valery Larbaud y Joyce terminó de escribir el “Ulises”, iniciado en 1913. 
            Y mis pies inquietos no se detienen hasta llegar a “Shakespeare and Company”, templo literario ubicado en el 37 de la rue de la Bûcherie, que regentea mi amigo David Delanet, rebosante de los textos antiguos más diversos en sus mesas rodeadas de incontables fotografías y sus ofertas ocupando la vereda.
            Luego de este paseo uno puede descansar un rato leyendo al sol los cafés de la orilla izquierda, en St. Germain y Montparnasse, a los que Sartre y Simone de Beauvoir concurrían habitualmente.
            Tras estas caminatas, que hago habitualmente, agrego a veces, y por cierto muy divertido, las que realizaba el protagonista de la película de Woody Allen “Medianoche en París”, un escritor llamado Gil e interpretado por el actor Owen Wilson. Y como él, he visitado el restaurante Mon. Paul, frente a place Deauville, y me he sentado a la espera de aquel auto casi mágico que lo llevaba hacia el pasado, a los días que en esa ciudad vivían Hemingway y Scott Fitzgerald y Gertrude Stein y demás miembros de la “generación perdida”.
            Pero, sentado en las escaleras de la iglesia de Saint-Étienne-du-Mont, donde ese escritor de aquella película aguardaba el coche que venía subiendo a su derecha por la rue de Sainte Genevieve, he esperado en vano pues nunca ha pasado por mí. Y, entusiasmado por la ciudad, sigo mi camino por otras calles que viven en mi corazón desde siempre, y a las que he intentado recrear en algunos de mi libros como “Morir en Sicilia” (Ediciones Bassarai) y en mis novelas “Muerte en el Café Gijón” (Ediciones de la Plaza en Montevideo y Funambulista en Madrid) y la reciente “El secreto de Amparo” (Ediciones de la Plaza).
            Y sigo recorriendo este mundo, soñando con los ojos abiertos y con una mochila por corazón, como decía Camilo José Cela.

lunes, 28 de agosto de 2017

En Venecia con la “musa” de Hemingway
        


En la revista literaria http://lasdoscastillas.net/ de Barcelona he publicado esta semana este artículo sobre un cuento de mi libro “La tarde queda” (Ediciones de la Plaza, Montevideo). Quien desee visitarlo allí podrá hacerlo haciendo clic aquí

     Es una novela que me ha gustado mucho “Al otro lado del río y entre los árboles”, ambientada en Venecia, penúltimo libro publicado por Ernest Hemingway en vida. García Marquez lo consideraba la mejor novela de Hemingway. La más llena de vida.
            En el centro de esta novela está la baronesa Adriana Ivancich, quien tenía 19 años cuando el escritor (casado cuatro veces) la conoció en Venecia  y, poco después, la convirtió en la heroína de su libro.
            Pues bien, los aquí mencionados, tienen una relación más o menos cercana, más o menos distante, con un relato mío, llamado “Un amor otoñal”, que figura en mi libro “La tarde queda”, que fue prologado por Carlos Alberto Montaner.
             Veamos. El escritor colombiano Plinio Apuleyo Mendozame dijo que la citada novela de Hemingway  tenía un personaje entrañable, que era el de la jovencita aristocrática llamada Renata, vivo  retrato de la baronesa Adriana Ivancich.
            Prosigo. Utilizando las técnicas literarias del cuento, integré la entrevista que le realicé en Venecia a la baronesa Adriana Iavancich, a  mi  cuento “Un amor otoñal”, en mi libro de relatos “La tarde queda” (Ediciones de la Plaza, Montevideo, 2012).
             En este relato introduje, además, como uno de los protagonistas esenciales, al académico francés Jean d’Ormesson (autor de libros tan celebrados como “Por capricho de Dios” y  “El judío errante”), un visitante muy habitual de Venecia, quien guía al narrador de mi cuento hasta Adriana Ivancich.
            Una vez editado, le envié mi libro a Jean d’Ormesson, admirado maestro,  quien, generoso como siempre, me respondió enviándome una  carta donde dice estas palabras:
             “Figúrese: yo estaba en Venecia por diez días. A mi regreso a París me encuentro con “Un amor otoñal”. ¡Gracias! Yo estoy encantado de reencontrarme con Hemingway allí. Yo le conocí bien y mucho. Así, gracias a usted, tengo un buen compañero. Por ello, como siempre, mi gratitud y  mi amistad: Jean d’Ormesson”.
                La joven baronesa hemingwaiana nos sedujo a todos. 

martes, 22 de agosto de 2017

Un diálogo con Antonio Skármeta


Este diálogo acaba de publicarse esta semana en la revista Lasdoscastillas.net en Barcelona, y quien quiera visitarlo allí podrá hacerlo haciendo clic aquí.
            Antonio Skármeta, dueño de una vasta y notable obra literaria, ha sido galardonado con el Premio Nacional de Literatura de Chile, premios de UNESCO, el Medici y el Planeta. Nacido en Antofagasta, en 1940, egresado del Instituto Nacional, fue profesor en Europa y Estados Unidos.                                           
             Su famosa novela “El cartero de Neruda”, traducida a los más diversos idiomas, dio lugar a una laureada película italiana, “Il postino”. Y tiene, esta obra, una versión teatral además. Tuve el placer de verla en Nueva York.
Para señalar apenas otros dos libros suyos, sobresalientes, baste citar la novela “Un padre de película” y su reciente colección de relatos “Libertad de movimiento”.                                                                                                                           
           Cordial y sumamente generoso, he tenido el placer de dialogar en diversas oportunidades con mi admirado escritor amigo. Siguen, hoy, tres preguntas.
-¿Cómo nace, crece y germina una obra en tu imaginación? Cuéntanos algo de tu método de trabajo.
-Cuando escribo sigo más o menos el mismo procedimiento. Cuando era joven tenía otro tipo de trabajo. Ahora, normalmente, cuando escribo, hago una primera versión a la que llamo “magma”. Ella es una escritura informe, emocional, llena de imágenes, donde voy buscando lo que quiero escribir. Tengo ciertas emociones, ciertos recuerdos, ciertos anhelos sobre los que discurro pero sin afinarlos, porque no quiero que nada intelectual intervenga en la primera etapa. Es una etapa de expresión emocional muy libre. Y allí, en ese magma, en esa materia, van surgiendo luego los núcleos de interés: una situación, un diálogo, un personaje, una frase. Y de pronto, cuando termino de escribirlo, entre esas muchísimas páginas, sé que tengo una novela. Y luego comienzo una escritura literaria, tratando de que todo aquello que fue confusión y búsqueda, tenga tersura y llegue al lector de una manera transparente; y procuro que tenga ritmo, que tenga gracia, y que emocione y entretenga. Ese es mi método.
-¿Escribes en la computadora?
-Escribo todo en la computadora. Muchos recomiendan que hay que tener una versión a mano, para después vendérsela a una biblioteca en Estados Unidos. (Sonríe) Donoso hacía eso…

-¿La literatura nos ayuda a vivir mejor?
-Muchísimo. Porque los lectores son siempre personas más sensibles, más amplias de criterio, más democráticas en su relación con los otros; y son más inspirados, tienen un verbo más cautivador y difícilmente aceptan la rutina de la vida. Por ello, están buscando aventuras de tipo espiritual o aventuras terrenas, y la literatura es tanto un modo de conocimiento de la realidad como una manera de crearse una vida. No aceptar la vida, sino inventársela.

martes, 8 de agosto de 2017

Detalles del entierro de Pío Baroja
Este artículo acaba de publicarse, esta semana,
en la revista cultural Lasdoscastillas.net
de Barcelona,  a la que pueden visitar si lo
desean, haciendo click aquí

Conozco la historia de primera mano: me la refirió,  cenando en Madrid junto con el escritor Raúl Guerra Garrido, quien fuera uno de sus principales protagonistas, es decir, el maestro Javier Bello Portu, destacado director de orquesta y compositor, nacido en Guipuzcoa, en el País Vasco. Vivió casi toda su vida en París, donde murió.
  Cabe recordar que, en 1991, viajó al Uruguay y dirigió un concierto especia,l al frente de la OSSODRE.
La historia es conmovedora: cuando Hemingway  visitó a don Pío Baroja en su lecho de enfermo, le obsequió una de sus novelas, escribiendo en ella que era Baroja, y no él, quien merecía el Nobel que acababan de concederle.
El maestro Bello Portu contó cómo había transcurrido el triste día de la muerte de Pío Baroja, y luego dio los detalles de su entierro. Supe que habían asistido muy pocas personas; me dijo que tenía una foto de aquellos momentos, cuando le dieron sepultura: “Los puedo identificar uno por uno”.
          Le pregunté sobre la presencia de Hemingway en el velatorio, de la que conocía detalles gracias al notorio libro de José Luis Castillo Puche y, en efecto, me la confirmó: “Fui yo quien invitó a Hemingway a cargar al ataúd de Baroja para poder sacarlo a la calle”, me dijo Bello Portu. “Me contestó que era demasiado honor. Que lo cargaran sus amigos”.
 Cuando, al fin, decidimos sacar el cajón,  vimos que la tarea no era nada sencilla. La escalera era demasiado estrecha. Se necesitaban más manos,  más astucia y fuerza. Y agregó el maestro Bello Portu: “Nos disponíamos a llevar el cajón a pulso, cuando Camilo Cela me pidió que le hablara de nuevo a Hemingway. Y  me dirigí hacia él. Estaba en un rincón, acongojado. Lloraba detrás de sus pequeños anteojos de aro redondo”. Entonces,  me detuve  frente a él y le dije: “¿Vamos?”. Hemingway me contestó, sacándose los lentes: “¡Si siguen dando la lata, cojo el cajón y lo saco yo solo!”.
             Javier Bello Portu me dijo también: “Debido a esas idas y venidas, perdí mi lugar, y no pude cargar el ataúd de mi amigo en su  último viaje”. 

domingo, 30 de julio de 2017





Vargas Llosa sobre Borges  y Onetti



            En su libro “El viaje a la ficción” (Alfaguara), Mario Vargas Llosa escribe sobre un profundo y revelador análisis sobre la espléndida obra de Juan Carlos Onetti. Sobre el destacado escritor uruguayo, había dando un curso en una universidad de Estados Unidos.
            También habla, entre variados temas, de la rivalidad entre Onetti  y Borges.
            Para tratar este tema, Mario Vargas Llosa me hace el honor de citarme en sus páginas, donde reproduce una parte de una de mis entrevistas a Borges, publicada en “”El País” de Montevideo el 10 de mayo de 1981, y de ella que transcribe las palabras de Borges relacionadas con su posición, respecto a Onetti, cuando fue jurado del Premio Cervantes en Madrid.
 Escribe Mario Vargas Llosa en su mencionado libro:
“En 1981 Borges fue jurado del premio Cervantes,  en España, y en la votación final entre Octavio Paz y Juan Carlos Onetti, votó por el mexicano. Entrevistado por Rubén Loza Aguerrebere, explicó así su decisión: "Bueno, el hecho de que no me interesaba. Una novela o un cuento se escriben para el agrado, si no, no se escriben. Ahora, a mí me parece que la defensa que hizo, de él, Gerardo Diego, era un poco absurda. Dijo que Onetti era un hombre que había hecho experimentos con la lengua castellana. Y yo no creo que los haya hecho. Lo que pasa es que Gerardo Diego cree que Góngora agota el ideal en literatura, y entonces supone que toda obra literaria tiene que tener su valor y tiene que ser importante léxicamente, lo cual es absurdo. Ahora, si Gerardo Diego cree que lo importante es escribir con un lenguaje admirable, eso tampoco se da en Onetti.".
            Y agrega:
      “Mi pálpito es que Borges nunca leyó a Onetti y probablemente la sola idea que guardaba de él tenía que ver con aquel frustrado en una cervería porteña y las provocaciones anti/jamesianas del escritor uruguayo”.

sábado, 22 de julio de 2017

Ernesto Sábato, maestro literario



             Lo leí en la adolescencia, sin imaginar que le conocería y tendríamos una amistosa relación. Era mi maestro literario. A los 99 años, en abril de 2011, murió en Buenos Aires el maestro Ernesto Sábato, quien había nacido en la ciudad de Rojas el 24 de junio de 1911.
         Aquel misterioso personaje femenino de su novela “Sobre héroes y tumbas” , que me atraía con lazos invisibles. Después me apasionaron sus ensayos de “El escritor y sus fantasmas”, sus iluminaciones en “Apologías y rechazos”, donde nos lleva al mundo de su amigo Pedro Henríquez Ureña (asistí invitado a la repatriación de sus restos a la República Dominica).
 Llegó, luego, “Abbadon el exterminador”, novela galardonada en Francia. Del 16 de febrero de 1977, tengo una carta suya donde me dice: “Querido Rubén, ahora salgo en pocas horas para París, a recibir ese inesperado (por lo gigantesco) premio, y luego a varios países que me invitaron como consecuencia. A la vuelta espero que nos veamos. Un abrazo de su amigo…”
Su vasta obra, entre tantos galardones, en 1984 recibió el Premio Cervantes.  Es la obra de un moralista, porque vivir, al fin y al cabo, es poseerse a sí mismo. Escribí sobre este premio que le concedieron un artículo que luego se incluyó en un libro de ensayos, el cual le envié. Poco después,  recibí estas líneas del maestro Sábato:  “Matilde me leyó el artículo sobre el premio Cervantes, que me conmovió (nos conmovió) profundamente; una nueva muestra de su calidad espiritual y de su inalterable sentimiento de amistad, para mí uno de los atributos que más admiro en los seres, tan propensos como somos a la deslealtad, a la cobardía, a la mezquindad”.
Pasaron los años. Murió su esposa Matilde, murió su hijo Jorge, perdió la visión, se dedicó a la pintura, pero no dejó de escribir. Escribió, entre otros, el libro “España en los diarios de mi vejes”.  
Contemplando el mundo, Sábato nos ayudó a entendernos, a comprender nuestra libertad, nuestra risa, nuestra pena.
Creo que bien podemos definirlo con estas palabras del poeta chino Han Yu, quien en el siglo VIII, dijo bellamente: “Todo resuena apenas se rompe el equilibrio de las cosas, el agua está callada: el aire la mueve y resuena. Son mudos los metales y las piedras, pero si algo las golpea, resuenan. Y así, cuando el equilibrio se rompe, el cielo escoge entre los hombre a aquellos que son más sensibles, y los hace resonar”.

lunes, 17 de julio de 2017

Albert Camus y sus dos visitas
a Montevideo


            
            Albert Camus, Premio Nobel de literatura a los 44 años, viajó dos veces a Montevideo. Y escribió de esas visitas en sus “Diarios de viaje”.
          Nacido en Mondovi, en 1913, hijo de un obrero y una mujer analfabeta, Catherine Sintes (que fue esencial en su vida),  murió muy joven, el 4 de enero de 1960,  en un accidente de auto.  En su abrigo encontraron luego un billete de tren para ese día.
         En 1940 se fue a Marsella, llevando los manuscritos de “El extranjero” y de “Calígula”. Luego, en París, se enroló en la Resistencia. Al terminar la guerra, fue condecorado.
            Pero  vayamos unos cuantos años atrás, hacia el año 1949, cuando desde Buenos Aires llegó a nuestra ciudad. El 11 de agosto de 1949 dice: Me levanto temprano y escribo unas cartas. Luego, como sigo sin noticias de mis protectores naturales, voy a visitar Montevideo en un hermoso día gélido. La punta de la ciudad se baña en las aguas amarillas del río de la Plata. Aireada, regular, Montevideo se halla rodeada por un collar de playas y un bulevar marítimo que me parecen bellos. Hay una prestancia en esta ciudad, en la que parece ser más fácil vivir que en otras que ví hasta ahora. Mimosas en los barrios ajardinados, y palmeras que me recuerdan a Menton. Aliviado también por estar en un país de lengua española".
            Esa misma noche Albert Camus retornó a Buenos Aires. Después viajó a Chile. Y el 19 de agosto de 1949, volvió a Montevideo. Escribió, al día siguiente: "A las once, primera conferencia en la sala de la Universidad. En medio de la conferencia, un curioso personaje entra en la sala. Una capa, la barba corta, los ojos negros. Se instala al fondo, de pie, abre ostensiblemente una revista y la lee. De cuando en cuando, tose muy fuerte. Este, al menos, pone algo de vida en el anfiteatro".
            Evocó, asimismo, un encuentro muy especial: "Un momento con José Bergamín, fino, marcado, con la cara envejecida de intelectual español. No quiere elegir entre el catolicismo y comunismo mientras la guerra de España no haya terminado. Un hipotenso cuya energía no es más que espiritual. Me gusta esa clase de hombres". Y agrega: "Después de la conferencia, salgo a pasear con Bergamín. Aterrizamos en un café populoso. Él duda de la eficacia de lo que está haciendo".
       Observaciones sobre Montevideo, en frases breves: "La tarde es suave, rápida, un poco tierna. Este país es fácil y bello".           
            Y, por cierto, conoció aquí a Susana Soca, personalidad destacada de la cultura uruguaya y, naturalmente, una de sus anfitrionas. Veamos un apunte sobre de Camus: "Después, cena en casa de Suzannah Soca. Un montón de mujeres de mundo que, después del tercer whisky, se ponen insoportables... Propongo a la agregada cultural que se venga a beber una copa conmigo... La noche es dulce en Montevideo. Un cielo puro, el crujir de las palmas secas encima de la plaza Constitución, vuelos de palomas, blancos, en el cielo negro".
            El 21 de agosto de 1949 se fue de Montevideo, y dejó escritas estas  palabras: "... el avión abandona el terreno a las once. Bajo un cielo tierno, aireado, nuboso, Montevideo expone sus playas --ciudad encantadora-- donde todo invita a la felicidad y a la felicidad sin preocupaciones de la mente".

lunes, 10 de julio de 2017

Recordando a Rodó, en su centenario

     

           
        Hace cien años murió en Sicilia, el ilustre intelectual José Enrique Rodó, periodista, político y escritor. Un maestro de las letras, que nos ha dejado libros clásicos como “Ariel” y  “Motivos de Proteo”.
             
           Escribí, hace unos años, un cuento titulado “Morir en Sicilia”, sobre los últimos días de Rodó en Palermo, donde falleció a los 45 años, cuando realizaba una extensa gira europea. Ese cuento se publicó, no mucho después, en mi libro de relatos titulado, justamente, “Morir en Sicilia”, que fue publicado en España por Ediciones Bassarai, en el 2005.
           
         Y sigo. En uno de mis muchos diálogos con Mario Vargas Llosa, hablando de escritores comprometidos por su tiempo, le pregunté por José Enrique Rodó.  Y esas palabras del Nobel literario de 2010, quiero hoy compartir con los lectores. 

          Este juicio de Mario Vargas Llosa figura en un artículo extenso (donde habla además de Jean Paul Sartre y de André Malraux), publicado la pasada semana (el jueves 6 de julio) por el semanario Voces.
         
         Como homenaje al centenario del adiós del maestro Rodó, siguen entonces  las palabras de Mario Vargas Llosa:

       Yo tengo mucha admiración por Rodó. Yo creo que fue un gran prosista, en primer lugar, y luego un pensador generoso, que tuvo una visión idealista de América. Seguramente, su visión está muy condicionada, en parte, por mitos de la época.
       Pero su idealismo, su fe en los grandes valores, su creencia en la cultura como un instrumento civilizador, modernizador, que crea una comunidad espiritual más importante que aquellas que marcan las fronteras, y su visión profundamente americanista, ello, me parece que sigue siendo muy válido.
           Por otra parte, hay que destacar los aspectos puramente literarios, de la prosa y de la cultura de Rodó”.

lunes, 3 de julio de 2017

Los Sanfermines eternos



El 7 de julio comienzan las Sanfermines. Desde la puerta del Café Iruña, en Pamplona, veo la Plaza del Castillo, donde acontecía todo en los Sanfermines de aquellos tiempos cuando los visitaba Hemingway y sus amigos. Había fuegos artificiales, cine mudo y bailes callejeros. Fue lo que sedujo a Ernest Hemingway por primera vez a Pamplona, hace 82 años, aconsjado por Gertrude Stein. Y allá fue,  con su esposa Hadley. Y, desde entonces, los Sanfermines fueron para él una cita ineludible, y tema esencial de varios de sus celebrados libros, en especial su novela “Fiesta”, llevada al cine.
Pero sólo una parte de cuanto vio Hemingway sobrevive. El disparo del Chupinazo, al mediodía del 7 de julio, costumbre que data de 1941.
            Hablar de Hemingway  en Pamplona es hablar del café Iruña, que fue lugar común de todas sus visitas. Allí bebió incontables botellas de vino y cognac, a veces con Ava Gardner. Ahora, allí, vemos apoyada al mostrador, con su talla enorme, una estatua de bronce de tamaño natural. A su lado os parroquianos beben su copa. No lejos del mostrador, junto a la escalera el piso alto, está la mesa donde solía escribir.
Desde el Café Iruña tenía una visión privilegiada de la Plaza del Castillo. Cruzando la calle, estamos en el Hotel La Perla, a cuya antigua propietaria (año 1923) Ignacia Erro, Hem consideraba su benefactora. Ella le dio siempre la habitación 217, que hoy no se alquila, con sus balcones a la calle Estafeta, para ver los toros.
            Pamplona, que sabe bien quien era Hemingway (el Premio Nobel de literatura, el cazador en Africa, el aventurero en las guerras), ha asumido su leyenda y lo recuerda siempre. Hay pasacalles en su homenaje. Cercano a los sesenta años seguía visitándola, cuando ya las fiestas gozaban del atractivo internacional que había contribuido a darles.
            Y, hacia la izquierda, a pasos del café Iruña (en el 26 de la Plaza del Castillo) está, desde 1941, la librería de Gómez S.A. Allí, he comprado una nueva  edición de “Muerte en la tarde”, en cuya carátula vemos al joven Hemingway y su esposa Pauline, en la plaza de toros. Esta es la primera edición castellana idéntica a la inglesa de 1932, y tiene las fotografías de aquellas corridas, así como un homenaje del escritor a Navarra y su gente.
            Esa relación de Hemingway con Pamplona es una clave para comprenderlo mejor. Llegó como periodista y se marchó como novelista. Su primer artículo de los Sanfermines fue un reportaje donde habló de la primera corrida de toros que presenció en su vida y, también, de las montañas de Navarra. Luego Hemingway se convirtió, al decir de García Márquez, en el escritor que más ha influido en quienes tienen su mismo oficio.
            Sentado donde Hemingway escribía en el café Iruña, redacté apuntes para esta crónica, y luego fui al Hotel la Perla, bajo el limpio cielo azul de Pamplona, y recorrí la Plaza del Castillo. Paseos que hizo el autor de “Fiesta”, “Muerte en la tarde” y “El verano peligroso”, con su barba blanca, penacho de su fama, caminando ese mundo entre real e imaginario y del que nunca acabó de irse del todo.


viernes, 23 de junio de 2017

       El París de Patrick Modiano


  
    Al Nobel de literatura de 2014, Patrick Modiano, lo leo desde hace muchos años, libro a libro. Es, por cierto, uno de los escritores más influyentes de Francia.
        Por cierto, Patrick Modiano ha pintado su mundo con una melancolía que conmueve. Sus páginas están impregnadas por los colores de París, y por personajes que caminan habitualmente por calles de su infancia, en Quai de Conti, en los jardines de Luxemburgo, por donde él paseaba una vez más cuando su hija le avisó por teléfono que le habían otorgado el Premio Nobel.
            En 1978 ganó el Premio Goncourt con “La calle de las tiendas oscuras” y luego se fueron sucediendo novelas como, entre las más notorias, “Un pedigrí”, “El horizonte”, “En el café de la juventud perdida”, “Una juventud”,  “La hierba de las noches”  y, entre otras, “Para que no te pierdas en el barrio” (Anagrama/Gussi, todas ellas). 
            Sus historias son complejas y sus personajes enigmáticos; se nutren de los recuerdos imaginarios que la memoria ha ido transformando con el paso del tiempo, y  así documenta una época, la de su juventud, evocando el mundo de los estudiantes fascinados por la bohemia parisina. 
            El boulevard Raspail, el café Les Deux Magots, la plaza de la Concorde, los Champs Elysés, la Place de l’Alma, aparecen y reaparecen en todas sus novelas. Como las terrazas de los cafés famosos como “Les Deux Magots” y “Café de la Flore” y, así, paso a paso, París se convierte en la geografía por la que ambulan una y otra vez los personajes de sus novelas envueltos en enigmas que los atrapan. A ellos y a los lectores.
            Sus seguidores no nos sorprendemos por la semejanza de sus libros, que suelen tratar los mismos temas, en su caso, la memoria, la nostalgia del ayer y ciertas emociones e ilusiones que sobreviven. Hay en sus novelas una sensación de “déjà vu”, con situaciones y rincones de París pintados una y otra vez, así como las misteriosas búsquedas de sus criaturas, ya sean hombres o mujeres.
                 A este mundo onírico de sus libros, todos ellos novelas cortas, se lo conoce como “modianesco”.  Y, por cierto, es muy seductor visitarlo. Como lo es ir a París, una y otra vez. Les invito, entonces, una vez más las páginas de Patrick Modiano. 

sábado, 17 de junio de 2017

UN DIÁLOGO CON  NADINE GORDIMER,
PREMIO NOBEL DE LITERATURA



       Ganadora del Premio Nobel literario en 1991, Nadine Gordimer nació en la República Sudafricana, en 1923, donde vivió y escribió su espléndida obra literaria. Falleció en 2014. 
        Fue una  dama  cosmopolita, impartiendo cursos en Europa y los Estados Unidos. Visitó nuestro país cuando ya había sido galardonada con el Nobel, y dio una conferencia en el Edificio Libertad. Tuve el honor de decir, en ese acto, las palabras de bienvenida. Era una mujer menuda, delgada, elegante.
            Me agradeció las palabras de bienvenida, en nuestro diálogo tras su conferencia. Y hablamos de literatura, naturalmente. Me señaló su interés por las letras modernas y, en especial,  por la enorme creatividad que advertía en la literatura latinoamericana. En Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa, especialmente. Le pregunté por Borges, sobre el cual había escrito elogiosamente; sonrió y dijo: “Es innecesario nombrar a Borges porque...,  es el único sucesor de Franz Kafka”.
            En cuanto a su obra, consideraba que la definía como un quehacer militante contra el “apartheid”.  Había procurado bucear en el corazón de los hombres de su tiempo. Recuerdo que dudó un instante, y se lo preguntó a sí misma: “¿En el alma de las criaturas?” Y se respondió: “Sí; me importan los sueños del alma”.
            Habló de su admiración por la escritora sureña norteamericana, Eudora Welty, la autora de Las manzanas doradas, y comentó que, de haber nacido en Estados Unidos, habría sacado otro brillo a su talento. Y hablando de Eudora Welty, dijo: “Ella no se vio obligada por las circunstancias a afrontar algo diferente. No creo que sea sólo cuestión de temperamento, porque mi escritura tenía rasgos similares”.
            Volví a su obra.  Me dijo: “He trabajado por la vida cultural, social y política de mi país, un país que ha pasado por una de las experiencias libertarias más extraordinarias de nuestro tiempo”. Y procurando quitar dramatismo a sus palabras, agregó: “Cada cual cumple con su obligación, ¿verdad?”
            Cuando nos despedimos me obsequió una novela suya,  firmada.
           Percibí que para ella la literatura no era un fingimiento, como diría Camilo José Cela, sino una realidad, una presencia. 

sábado, 10 de junio de 2017

RAY BRADBURY:
A CINCO AÑOS  DE SU ADIÓS
  

 
   
            El pasado lunes 5 de junio se cumplieron cinco años del adiós a todos, del maestro de la “ciencia ficción”, Ray Bradbury, cuyos libros han fascinado a todos. Pienso en “Crónicas marcianas”, en “Fahrenheit 451”,  “Las doradas manzanas del sol”, “El hombre ilustrado” y en sus melancólicas historias de su infancia en la hermosa novela “El vino del estío”.
            La admiración me empujó (acto audaz) a enviarle un ejemplar de mi primer libro de cuentos, “La espera” (Ediciones Banda Oriental). Ray Bradbury me respondió, enviándome dos cartas. Pasaron años y libros, y en la Feria del Libro de Buenos Aires, mucho después, le conocí personalmente.  Tengo en una de mis bibliotecas una foto, saludándole, que miro mientras escribo estas líneas.
            Era un hombre de cabellos blancos como el algodón, sonriente y muy simpático. Al estrechar mi mano me dijo que no conocía personalmente a ningún uruguayo, pero sí  recordaba haber recibido un libro de un joven escritor de este país,  hacía muchos años, a quien le había respondido diciéndole que lo agradecía profundamente el libro pero que su conocimiento del español era tan funcional que tardaría años en leer una de sus historias.
            Tras un silencio,  para su sorpresa y también la mía,  le dije que aquel escritor, a quien había escrito dos cartas, era yo.  Sonreíamos. Y agregué detalles, recordando que ambas tenían un extraño logotipo: el dibujo de una casa de dos plantas y con detalles en cada habitación, dos o tres habitantes, objetos y, en el segundo piso,  un caballo.
         Ray Bradbury me dijo las había escrito en su estudio. Y acto seguimos, hablamos de su obra.
            ¿Cuántos cuentos había escrito?, le pregunté. No lo sabía; sin duda más de tres mil. ¿Y cómo estaba siempre inspirado? Me dijo que tenía una caja repleta de tarjetas con argumentos que se le habían ocurrido en todo momento, y en su estudio elegía uno y lo escribía. Pero, tenía un secreto esencial, dijo.
            ¿Cuál era ese secreto? Y me respondió: “Si me siento  muy feliz escribo poemas; pero en cambio, si la melancolía me ronda, escribo un cuento de  mi infancia”.  Y en estos casos se dejaba ir hacia los días de la niñez, recordando los atardeceres junto a la terraza de su casa donde se hamacaba su padre hasta que el cielo se llenaba de estrellas.
            Y me reveló algo esencial de su quehacer literario: escribía cuentos o novelas con la única intención de emocionar a sus lectores, pues para él, esa era la tarea esencial de la literatura. Despertar emociones.
            Y lo logró. A cinco años de su adiós, a los 92 años, las emociones de su mundo de “ciencia ficción” permanecen vivas e  imborrables en todos sus lectores.  Y seguirán seduciendo a quienes las visiten.
             Sí, todo por sentir.

sábado, 27 de mayo de 2017

Un diálogo con Martin Amis
                   

  
      El celebrado escritor inglés Martin Amis, es una de las figuras sustanciales de las letras modernas. Hijo del consagrado novelista Kingsley Amis, tiene una larga obra, que ha merecido numerosos premios internacionales  como el Broker Prize y el Somerset Maugham, entre otros.
            Entre sus novelas se destacan títulos traducidos en todo el mundo, como Dinero, Campos de Londres, La información, Perro callejero, Koba el terrible y La casa de los encuentros (todos Anagrama/Gussi).
            Nos conocemos bastante.  Nuestro diálogo es variado.
         Le pregunto sobre coincidencias y diferencias con su padre, tan destacado escritor de su tiempo y amigo muy cercano de Graham Greene, y me dice:
       -- Hablábamos mucho de nuestro trabajo. Nos divertíamos haciendo juegos de palabras. Conversábamos por teléfono largamente. El era un escritor satírico como yo… La única diferencia es la época, la época de cada uno, eso es lo que creo.
          --¿Qué autores lee habitualmente con mucho entusiasmo?
          --Me gustan mucho Saul Bellow, Nabokov, Kafka, Borges, De Lillo…
Y agrega que considera magnífico a V.S. Naipaul, el Premio Nobel, novelista y ensayista. Y dice:
--Lo admiro mucho, muchísimo. Estoy sorprendido de me guste tanto porque no es el tipo de literatura que prefiero. Es un escritor social; en ello es profundamente indio. En este libro hace un esfuerzo por entender el mundo que bulle a su lado, escribiendo de la vieja crueldad de la pobreza y llora de emoción, sin políticas, diciendo con el corazón “basta, basta”. Es un gran premio Nobel.
Y hablando de Salman Rusdhie, me dice que son amigos y agrega: “yo soy uno de sus fans”.
Le pregunto si piensa, como decía Ernesto Sábato y tantos más desde entonces, que un escritor serio escribe siempre el mismo libro, cambiando un poco las historias. Pienso en las del Nobel francés Patrick Mediano, por ejemplo.
Y me responde afirmativamente. Y agrega:
--Saul Bellow tiene un solo tema y Graham Greene también. Yo tengo uno o dos temas… Graham Greene es muy esquemático: por ejemplo, el infiel en el amor, muere siempre en sus novelas.
¿Y con qué autores coincidían, como lectores, con su padre, el novelista? 
Responde con una sonrisa que, sin duda, con los libros de G.K. Chesterton.
            --Padre Brown… Lo leí mucho en la época de la adolescencia. Mi padre lo admiraba. Era un hombre sabio. Una vez dijo: “Cuando la gente deja de creer, es porque cree en todo”.