domingo, 23 de abril de 2017

En Venecia, con  la “musa” de Hemingway
       


            Es una novela que me ha gustado mucho “Al otro lado del río y entre los árboles”, ambientada en Venecia y penúltimo libro publicado por Ernest Hemingway en vida. García Marquez lo consideraba como la mejor novela de Hemingway. La más llena de vida.
            En el centro de esta novela está la baronesa Adriana Ivancich, quien tenía 19 años cuando el escritor (casado cuatro veces) la conoció en Venecia  y, poco después, la convirtió en la heroína de su libro.
            Pues bien, los aquí mencionados, tienen una relación más o menos cercana, más o menos distante, con un relato mío, llamado “Un amor otoñal”, que figura en mi libro “La tarde queda”.
             Veamos. El escritor colombiano Plinio Apuleyo Mendoza me dijo que la citada novela de Hemingway tenía un personaje entrañable, que era el de la jovencita aristocrática llamada Renata, vivo  retrato de la baronesa Adriana Ivancich.
            Prosigo. Utilizando las técnicas literarias del cuento, integré la entrevista que le realicé en Venecia a la baronesa Adriana Iavancich, a  mi relato llamado “Un amor otoñal”. 
             En este relato introduje, además, como uno de los protagonistas esenciales, al académico francés Jean d’Ormesson (autor de libros tan celebrados como “Por capricho de Dios” y  “El judío errante”), visitante muy habitual de Venecia, quien guía al narrador del cuento hasta Adriana Ivancich.
            Tiempo después, cuando “Ediciones de la Plaza” publicó el libro, le envié un ejemplar a mi admirado Jean d’Ormesson, quien a su vez, generoso como siempre, me respondió enviándome una carta (manuscrita) hablando de “La tarde queda”, y donde dice estas palabras:
             “Figúrese: yo estaba en Venecia por diez días. A mi regreso a París me encuentro con “Un amor otoñal”. ¡Gracias! Yo estoy encantado de reencontrarme con Hemingway allí. Yo le conocí bien y mucho. Así, gracias a usted, tengo un buen compañero. Por ello, como siempre, mi gratitud y  mi amistad: Jean d’Ormesson”.
            La joven baronesa hemingwaiana nos sedujo a todos.


lunes, 17 de abril de 2017

Con John Barth, en Baltimore




Visité en la John Hopkins University, de Baltimore, al destacado novelista americano y profesor de esa universidad, John Barth, uno de los más prestigiosos escritores de los Estados Unidos, y también más galardonados. Entre otros, obtuvo el prestigioso “National Book Award”, y en diversas oportunidades su nombre ha figurado entre los  candidatos al Premio Nobel literario.
Nacido en Maryland, John Barth es el decano de los novelistas americanos postmodernos. Algo así como el portaestandarte de las aperturas renovadoras en el mundo de las letras.
Su “habitat” universitario, era un despacho no demasiado grande, con la estufa a leña encendida, poblado de libros hasta el techo; tenía las carátulas de sus libros pinchadas en los estantes.
 John Barth, un hombre alto y delgado, de barba cana, realmente afectuoso y dueño de muy buen humor, tenía en su despacho, en un lugar destacado, una foto con Borges. Su foto con el autor de El Aleph. Recuerdo que cuando me la mostró, la besó, hecho que de inmediato me llevó a evocar (entonces y ahora, mientras lo escribo) una emotiva descripción que hiciera Leight Hunt sobre el inglés Charles Lamb, al cual vio una tarde besar un libro de Homero.
Le comenté que Borges había elogiado y hecho publicar en Buenos Aires un cuento mío, llamado “El hombre que robó a Borges”. Y él me confesó que era un escritor borgeano.  Y agregó que lo consideraba el maestro de las letras del siglo veinte.
Su fruitivo libro La ópera flotante  pone de manifiesto su arte para inventar historias en clave de comedia y, sin duda, es una de sus piezas maestras. Sus historias son estrategias narrativas entrelazadas, cuya meta más evidente parece ser la exploración. Más que expandirse por los predios de las formas tradicionales de la narración, las historias que cuenta se van entretejiendo en base a incontables cruces e intercambios de información. Es un mundo que se reordena de manera permanente.
En este sentido, este libro se ubica en la vereda opuesta de la literatura comprometida, del “sustancialismo” y del formalismo. 
Un placer para paladares especiales.

domingo, 9 de abril de 2017

Diálogo con Soledad Puértolas


      Soledad Puértolas es una de las figuras de primera línea en la  literatura española. Nacida en Zaragoza, en 1947, y radicada en Madrid, ha escrito numerosas novelas, libros de cuentos, textos autobiográficos y relatos para lectores juveniles. Entre sus títulos más difundidos se encuentran se encuentran “Burdeos”, “Queda la noche” (ganadora del Premio Planeta), “Una vida inesperada”, “Gente que vino a mi boda”, “Adiós a las novias”, “La vida oculta” (ganadora del premio Anagrama de ensayo), Compañeras de viaje. Barcelona. Anagrama, Mi amor en vano y Chicos chicas. (todos de Anagrama/Gussi). Sus libros están traducidos a diversos idiomas.
           Siguen mis preguntas y sus respuestas.
           --¿Cómo nacen, crecen y se desarrollan hasta llegar al libro, tus novelas? ¿Planificas todos los pasos, vas andando con ella a medida que avanza?
--Toda creación es lenta y te va invadiendo, como todo proceso de creación. La novela es invasora. Empieza, por lo menos para mí, siendo un atisbo, veo una luz al final de un túnel, por así decirlo, y poco a poco va cobrando cuerpo. Los personajes y el entramado que tengo vagamente en la cabeza, se van configurando. Yo no soy de las que hacen un  esquema y luego va trabajando capítulo a capítulo; no, voy encontrando sorpresas, y el mismo ritmo de la novela me va planeando la siguiente secuencia. Confío mucho en el desarrollo natural del proceso. Confío mucho. Y si se estanca, hago un paréntesis y lo dejo. Hago otras cosas. Y si tengo calma y confianza, sé que eso vuelve.

--¿Qué efectos tiene sobre tu mente, sobre tu cuerpo, la creación literaria, si es que tiene alguno?
--Desde luego que cuando estoy escribiendo una novela me siento mejor que cuando no estoy escribiendo una novela. Porque estoy bien, con un proyecto que me llena. Cuando termino la novela, tengo una sensación de agotamiento absoluto y de extenuación total.

--¿Cuántas horas escribes? ¿Cuál es tu rutina?
--Escribo dos o tres horas al día, no más, por las mañanas. Ese es mi plazo necesario; es cuando se asienta dentro de mí, en mi inconsciente, y emerge con cierta fluidez todo aquello que ha ido madurando.

--¿Cómo escribes?
--Escribo con ordenador portátil, que para mí es una maravilla… No me gusta nada estar sentada en una mesa, en un determinado lugar. No. Con mi ordenador yo me acomodo en un rincón en mi casa, con el portátil sobre un almohadón y me siento muy a gusto.

--¿Chejov, el alma, o Borges, la perfección absoluta? ¿Podrías escoger uno?
--Chejov es el alma, desde luego. Es el maestro de los maestros. Borges es el perfecto cuentista, del cuento acabado y redondo. No es el tipo de cuento que a mí me gusta. Entre Borges, que es un cuentista rotundo, indiscutible, donde todo está cerrado como en un globo, y perfecto, y Chejov, que lo deja todo abierto, yo soy de Chejov.

domingo, 2 de abril de 2017

Diálogo con Plinio Apuleyo Mendoza



            Es una de las grandes personalidades de las letras latinoamericanas. Me refiero a Plinio Apuleyo Mendoza, periodista de extensa trayectoria, novelista y ensayista, nacido en Colombia hace 85 años. Fue embajador de su país en Italia y Portugal.  Su novela más reciente es “Entre dos aguas”.
             Le conozco desde hace muchos años, y nos hemos visto en diversas ciudades del mundo. Tuve el honor de que presentara mi libro “Figuras de papel”, junto a Carlos Alberto Montaner.  
            Fue amigo entrañable de Gabriel García Márquez, y su biógrafo. Le  conoció jovencísimo, y  ha dicho que fue para él “lo más parecido a un hermano”. Luego coincidieron en París. En “Aquellos tiempos con Gabo”, uno de sus libros sobre el Nobel colombiano, hace una extraodinaria pintura. Y es, también, amigo íntimo de Mario Vargas Llosa, desde siempre. Le he pedido, entonces, que defina a ambos escritores y, ya que estábamos, también a sí mismo. Los relacionó con sus signos astrológicos, por otra parte, lo que fue una sorpresa para mí.  
            Siguen mis preguntas y sus respuestas.

            --¿Como definirías a Gabriel García Márquez?
         --A la hora de definirlo, experimento una gran dificultad. Es obvio, quizás, decir que es uno de los tres grandes novelistas nacidos en este siglo. En su personalidad de escritor intervienen factores tan diversos como su signo astrológico --un Piscis absolutamente intuitivo, doblado de un Tauro muy realista--, la manera fantástica de contar las cosas de doña Luisa, su madre, y un enjambre de influencias literarias que van desde Amadis de Gaula hasta Virginia Woolf, para no hablar de todo lo que le debe a Faulkner. En ningún otro escritor latinoamericano es tan fuerte nuestro mestizaje cultural. Es decir, la huella de culturas marginales, que en la región donde nació, en un pueblito de la costa colombiana, son muy fuertes. Me refiero a los indios de la península de la Goajira o a los descendientes de los esclavos negros. Unos y otros expresan a su manera, en sus relatos y leyendas, un sentido muy extraño de la realidad.
           
            --Cómo definirías a Mario Vargas Llosa?
        --Mario es también un escritor que yo admiro mucho, pero por distintas razones. Para mí es un mosquetero: un hombre vertical, de una verticalidad que raya en la intransigencia cuando se trata de defender principios. Siempre está dispuesto a librar combate por las buenas causas. Y no obstante la espada que siempre lleva al cinto y que desenvaina cada vez que es necesario, tiene humor. Políticamente, comparto ciento por ciento sus ideas. Es un soberbio ingeniero en el oficio narrativo y un gran cronista de nuestra realidad. Creo que la Academia Sueca ha tardado mucho en darle el Nobel, porque es el gran Balzac latinoamericano.
           
            --¿Y cómo te defines a tí mismo?
           --Tal vez la astrología pueda ayudarme a hacer una definición. Soy un Aries (como Mario), con todo lo peligrosamente impulsivo que tienen los Aries, doblado de un Piscis (como Gabo) a quien le debo mi devoción secreta por la literatura. El Aries me mete en líos y tiende a convertirme siempre en un periodista polémico. El Piscis quisiera que el periodismo no frustrara al escritor que llevo dentro desde niño y lo dejase escribir en paz cosas de mayor calado.